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MORELIA, Michoacán., 14 de octubre de 2026.- En el siglo 19, algunas familias británicas llegaron a proteger las tumbas de sus seres queridos con jaulas de hierro para impedir que fueran profanadas. El temor no era infundado, los cadáveres recién enterrados se habían convertido en mercancía para un negocio clandestino que abastecía a las escuelas de medicina, donde los estudiantes necesitaban cuerpos para aprender anatomía.
De acuerdo con The National Archives del Reino Unido, el crecimiento de la enseñanza médica y la escasez de cuerpos obtenidos legalmente favorecieron la aparición de los llamados resurrectionists, conocidos como ladrones de cadáveres. Estos hombres desenterraban personas recién sepultadas para vender sus restos a anatomistas. La práctica prosperó en una época en la que la disección era fundamental para mejorar el conocimiento del cuerpo humano, pero las vías legales para conseguir cadáveres resultaban insuficientes.
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