
Filosofía sin escrúpulos

Durante las fiestas decembrinas, tener a un familiar hospitalizado vuelve el tiempo más lento y pesado. Mientras muchos celebran en casa, otros pasan horas y noches enteras en salas de espera, entre la incertidumbre médica y el cansancio físico y emocional. En los hospitales públicos, esa experiencia se vive con mayor intensidad.
En medio de ese escenario ocurre algo que merece ser nombrado. Afuera de los hospitales, personas solidarias —de manera individual o desde asociaciones civiles— se organizan para ofrecer alimento limpio, bien presentado y entregado con bondad. Un sándwich, una rebanada de pastel, una sopa caliente, café o chocolate que reconforta el cuerpo y el ánimo. No es solo comida: es cuidado.
De ese alimento no solo disfrutan los familiares de los pacientes. En muchas ocasiones también lo reciben enfermeras, paramédicos y jóvenes médicos que realizan su internado. Ellos, que sostienen jornadas extenuantes y descansan apenas unos minutos entre turnos, aceptan ese café o esa sopa como un respiro breve, pero significativo, en medio del agotamiento.
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