
El verdadero dilema de la inteligencia artificial en México

Hay libros que desatan tempestades. Uno de ellos se llama El dios hambriento, la novela punzantemente viva que Enrique Serna ha escrito en torno a aquel pasado hermético y distante que la historia oficial —la que todos mamamos en la escuela— se empeña desde siempre en petrificar. Entre arengas fogosas, consignas de cartón, afectaciones huecas y mentiras impías, nos han dejado ver de aquellos esplendores no mucho más que piedras emblemáticas y algunos cuantos dogmas edulcorados. Imposible escribir una novela histórica que sea al mismo tiempo relevante, vibrante y verosímil sin hacerle cosquillas a la ortodoxia, pero si ya se trata de pisar callos como cucarachas, ¿quién hay mejor que Serna para calzar las botas?
Una de las tareas más delicadas de quien incurre en la ficción histórica —y de paso una apuesta de alto riesgo— es poner carne y hueso en sus protagonistas. Hace falta, además, mucha temeridad para meterse en el pellejo de Nezahualcóyotl o hablarse al tú por tú con Tlacaélel. No es la primera vez, sino de hecho la cuarta, que el autor de El seductor de la patria sale airoso de un brete semejante, aunque probablemente sea la más osada. Ya nada más ponerlos a hablar en castellano implica tirar dados peligrosos y exige dosis altas de osadía, de modo que una vez lanzado al ruedo no queda al novelista más opción que jugárselo todo por las pocas certezas que le acompañarán en la enorme aventura de convertir leyendas en gente de verdad.
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